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lunes, 16 de abril de 2018

16 DE ABRIL: APROBACIÓN DE LA PRIMERA REGLA FRANCISCANA


En 1209, san Francisco hizo escribir la "forma de vida" o regla que el Señor le había inspirado y que se componía sobre todo de breves fragmentos evangélicos. En la primavera de aquel mismo año, el Santo y sus once primeros compañeros se trasladaron a Roma y obtuvieron del papa Inocencio III que se la aprobara verbalmente, con lo que nacía en la Iglesia un nuevo género de vida, una nueva Orden. San Francisco, en su Testamento, relata así el acontecimiento: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó». Recordando ese hecho trascendental, la familia de san Francisco renueva el 16 de abril su profesión en la vida franciscana. 


CÓMO ESCRIBIÓ SAN FRANCISCO LA REGLA
Y CÓMO SE LA APROBÓ EL PAPA INOCENCIO III
Tomás de Celano: Vida primera, 32-34 
Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor Dios le aumentaba de día en día el número de seguidores, escribió para sí y sus hermanos presentes y futuros, con sencillez y en pocas palabras, una forma de vida y regla, sirviéndose, sobre todo, de textos del santo Evangelio, cuya perfección solamente deseaba. Añadió, con todo, algunas pocas cosas más, absolutamente necesarias para poder vivir santamente. Entonces se trasladó a Roma con todos los hermanos mencionados queriendo vivamente que el señor papa Inocencio III le confirmase lo que había escrito. 
Por aquellos días se encontraba en Roma el venerable obispo de Asís, Guido, que honraba en todo a San Francisco y a sus hermanos y los veneraba con especial afecto. Al ver a San Francisco y a sus hermanos, llevó muy a mal su presencia, pues desconocía el motivo; temió que quisieran abandonar su propia región, en la cual el Señor había comenzado a obrar cosas extraordinarias por medio de sus siervos. Mucho le alegraba el tener en su diócesis hombres tan excelentes, de cuya vida y costumbres se prometía grandes cosas. Mas, oído el motivo y enterado del propósito de su viaje, se gozó grandemente en el Señor, empeñando su palabra de ayudarles con sus consejos y recursos. 
San Francisco se presentó también al reverendo señor obispo de Sabina, Juan de San Pablo, que figuraba entre los príncipes y personas destacadas de la curia romana como despreciador de las cosas terrenas y amador de las celestiales. Le recibió benigna y caritativamente y apreció sobremanera su deseo y resolución. 
Mas, como era hombre prudente y discreto, le interrogó sobre muchas cosas, y le aconsejó que se orientara hacia la vida monástica o eremítica. Pero San Francisco rehusaba humildemente, como mejor podía, tal propuesta; no por desprecio de lo que le sugería, sino porque, guiado por aspiraciones más altas, buscaba piadosamente otro género de vida. Admirado el obispo de su fervor y temiendo decayese de tan elevado propósito, le mostraba caminos más sencillos. Finalmente, vencido por su constancia, asintió a sus ruegos y se ocupó con el mayor empeño, ante el papa, en promover esta causa. 
Presidía a la sazón la Iglesia de Dios el papa Inocencio III, pontífice glorioso, riquísimo en doctrina, brillante por su elocuencia, ferviente por el celo de la justicia en lo tocante al culto de la fe cristiana. Conocido el deseo de estos hombres de Dios, previa madura reflexión, dio su asentimiento a la petición, y así lo demostró con los hechos. Y, después de exhortarles y aconsejarles sobre muchas cosas, bendijo a san Francisco y a sus hermanos, y les dijo: «Id con el Señor, hermanos, y, según Él se digne inspiraros, predicad a todos la penitencia. Cuando el Señor omnipotente os multiplique en número y en gracia, me lo contaréis llenos de alegría, y yo os concederé más favores y con más seguridad os confiaré asuntos de más transcendencia». 
San Francisco con sus hermanos, pletóricos de gozo por los dones y beneficios de tan gran padre y señor, dio gracias a Dios omnipotente, que ensalza a los humildes y hace prosperar a los afligidos. Inmediatamente fue a visitar el sepulcro del bienaventurado Pedro, y, terminada la oración, salió de Roma con sus compañeros, tomando el camino que lleva al valle de Espoleto. Durante el camino iban platicando entre sí sobre los muchos y admirables dones que el clementísimo Dios les había concedido: cómo el vicario de Cristo, señor y padre de toda la cristiandad, les había recibido con la mayor amabilidad; de qué forma podrían llevar a la práctica sus recomendaciones y mandatos; cómo podrían observar con sinceridad la Regla que habían recibido y guardarla indefectiblemente; de qué manera se conducirían santa y religiosamente en la presencia del Altísimo; en fin, cómo su vida y costumbres, creciendo en santas virtudes, servirían de ejemplo a sus prójimos. Y mientras los nuevos discípulos de Cristo iban así conversando ampliamente sobre estos temas en aquella escuela de humildad, avanzaba el día y pasaban las horas. 

FÓRMULA PARA RENOVAR LA PROFESIÓN: 
Para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad.
Yo, hermano/a N. N. (cada uno dice su nombre en voz baja),
puesto que el Señor me dio la gracia
de seguir más de cerca el Evangelio
y las huellas de nuestro Señor Jesucristo,
delante de los hermanos aquí presentes,
con fe firme y voluntad decidida,
renuevo ante Dios santo y omnipotente
mis votos religiosos,
comprometiéndome a vivir religiosamente
durante toda mi vida
en obediencia, en pobreza y en castidad,
observando la forma de vida de san Francisco.
Igualmente me entrego de todo corazón a mi Fraternidad,
para que, con la acción eficaz del Espíritu Santo,
guiado por el ejemplo de María Inmaculada,
con la intercesión de nuestro padre san Francisco
y de todos los santos,
y con vuestra ayuda fraterna, 
pueda tender constantemente a la perfección de la caridad,
en el servicio de Dios, de la Iglesia y de los hombres. 


LA ADMIRACIÓN EN FRANCISCO DE ASÍS
por Michel Hubaut, OFM 
La admiración fraterna 
En este universo «significante», todas las criaturas convergen en el hombre, creado a «imagen y semejanza» del Creador. Asombrado por esta «imagen», Francisco se vuelve fraterno, admirativo, respetuoso, benévolo y lleno de esperanza ante el futuro del mundo y de los hombres, aunque estén desfigurados por el pecado. Su actitud es mucho más que una simple simpatía natural hacia cualquier hombre. Francisco es capaz de descubrir en todo el bien, en todo lo hermoso y bueno que el hombre hace o dice, una palabra de Dios, que es el solo Bien, el solo Hermoso y Bueno: «Como un religioso le preguntara en cierta ocasión para qué recogía con tanta diligencia también los escritos de los paganos y aquellos en que no se contenía el nombre del Señor, respondió: "Hijo mío, porque en ellos hay letras con las que se compone el gloriosísimo nombre del Señor Dios. Lo bueno que hay en ellos, no pertenece a los paganos ni a otros hombres, sino a sólo Dios, de quien es todo bien"» (1 Cel 82). 
Su admiración lo hace naturalmente «ecuménico». Francisco discierne en toda cultura, en toda religión, lo que el Vaticano II llamará «semillas de la Palabra». Esta actitud lo libra de cualquier envidia o celos: «Todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice o hace en él, incurre en un pecado de blasfemia, porque envidia al Altísimo mismo, que es quien dice y hace todo bien» (Adm 8,3). El asombro abre a las relaciones fraternas, basadas en la admiración a los otros.
FUENTE: DIRECTORIO FRANCISCANO 

Hoy 16 de abril: Aprobación de la Primera Regla Franciscana



En 1209, san Francisco hizo escribir la "forma de vida" o regla que el Señor le había inspirado y que se componía sobre todo de breves fragmentos evangélicos. En la primavera de aquel mismo año, el Santo y sus once primeros compañeros se trasladaron a Roma y obtuvieron del papa Inocencio III que se la aprobara verbalmente, con lo que nacía en la Iglesia un nuevo género de vida, una nueva Orden. San Francisco, en su Testamento, relata así el acontecimiento: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. 
Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó». Recordando ese hecho trascendental, la familia de san Francisco renueva el 16 de abril su profesión en la vida franciscana. 
CÓMO ESCRIBIÓ SAN FRANCISCO LA REGLA Y CÓMO SE LA APROBÓ EL PAPA INOCENCIO III
Tomás de Celano (Biógrafo de la vida de San Francisco de Asís)
Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor Dios le aumentaba de día en día el número de seguidores, escribió para sí y sus hermanos presentes y futuros, con sencillez y en pocas palabras, una forma de vida y regla, sirviéndose, sobre todo, de textos del santo Evangelio, cuya perfección solamente deseaba. 
Añadió, con todo, algunas pocas cosas más, absolutamente necesarias para poder vivir santamente. 
Entonces se trasladó a Roma con todos los hermanos mencionados queriendo vivamente que el señor papa Inocencio III le confirmase lo que había escrito. 
Por aquellos días se encontraba en Roma el venerable obispo de Asís, Guido, que honraba en todo a San Francisco y a sus hermanos y los veneraba con especial afecto. Al ver a San Francisco y a sus hermanos, llevó muy a mal su presencia, pues desconocía el motivo; temió que quisieran abandonar su propia región, en la cual el Señor había comenzado a obrar cosas extraordinarias por medio de sus siervos. Mucho le alegraba el tener en su diócesis hombres tan excelentes, de cuya vida y costumbres se prometía grandes cosas. Mas, oído el motivo y enterado del propósito de su viaje, se gozó grandemente en el Señor, empeñando su palabra de ayudarles con sus consejos y recursos. 
San Francisco se presentó también al reverendo señor obispo de Sabina, Juan de San Pablo, que figuraba entre los príncipes y personas destacadas de la curia romana como despreciador de las cosas terrenas y amador de las celestiales. Le recibió benigna y caritativamente y apreció sobremanera su deseo y resolución. 
Mas, como era hombre prudente y discreto, le interrogó sobre muchas cosas, y le aconsejó que se orientara hacia la vida monástica o eremítica. Pero San Francisco rehusaba humildemente, como mejor podía, tal propuesta; no por desprecio de lo que le sugería, sino porque, guiado por aspiraciones más altas, buscaba piadosamente otro género de vida. Admirado el obispo de su fervor y temiendo decayese de tan elevado propósito, le mostraba caminos más sencillos. Finalmente, vencido por su constancia, asintió a sus ruegos y se ocupó con el mayor empeño, ante el papa, en promover esta causa. 
Presidía a la sazón la Iglesia de Dios el papa Inocencio III, pontífice glorioso, riquísimo en doctrina, brillante por su elocuencia, ferviente por el celo de la justicia en lo tocante al culto de la fe cristiana. Conocido el deseo de estos hombres de Dios, previa madura reflexión, dio su asentimiento a la petición, y así lo demostró con los hechos. Y después de exhortarles y aconsejarles sobre muchas cosas, bendijo a san Francisco y a sus hermanos, y les dijo: «Id con el Señor, hermanos, y, según Él se digne inspiraros, predicad a todos la penitencia. Cuando el Señor omnipotente os multiplique en número y en gracia, me lo contaréis llenos de alegría, y yo os concederé más favores y con más seguridad os confiaré asuntos de más transcendencia». 
San Francisco con sus hermanos, pletóricos de gozo por los dones y beneficios de tan gran padre y señor, dio gracias a Dios omnipotente, que ensalza a los humildes y hace prosperar a los afligidos. Inmediatamente fue a visitar el sepulcro del bienaventurado Pedro, y, terminada la oración, salió de Roma con sus compañeros, tomando el camino que lleva al valle de Espoleto. Durante el camino iban platicando entre sí sobre los muchos y admirables dones que el clementísimo Dios les había concedido: cómo el vicario de Cristo, señor y padre de toda la cristiandad, les había recibido con la mayor amabilidad; de qué forma podrían llevar a la práctica sus recomendaciones y mandatos; cómo podrían observar con sinceridad la Regla que habían recibido y guardarla indefectiblemente; de qué manera se conducirían santa y religiosamente en la presencia del Altísimo; en fin, cómo su vida y costumbres, creciendo en santas virtudes, servirían de ejemplo a sus prójimos. Y mientras los nuevos discípulos de Cristo iban así conversando ampliamente sobre estos temas en aquella escuela de humildad, avanzaba el día y pasaban las horas. 
FUENTE: DIRECTORIO FRANCISCANO


viernes, 6 de abril de 2018

6 de abril, recordamos un aniversario más de la partida a la Casa del Padre de Fray Alejandro Palacios OFM

Reciban un cordial saludo de Paz y Bien en el Señor Jesús, 
Hoy 6 de abril se cumple un año más de la partida a la Casa del Padre de nuestro Hermano: + Fray Alejandro Palacios Jara, OFM
El Señor lo tenga en su gloria entre sus ángeles y santos
Un día como hoy en el Convento de San Francisco de la ciudad de Lima falleció a las 7.20 Horas.
Nos unimos en oración por nuestro querido Hermano Fr. Alejandro, quien está ahora en la presencia del Señor.
Paz y Bien
             


Fray Alejandro Palacios, nació un 15 de mayo de 1931, ingresó a la Orden Franciscana el 28 de marzo de 1956, hizo su profesión solemne el 29 de marzo de 1959 ordenándose un 08 de octubre de 1962

miércoles, 4 de abril de 2018

04 de Abril: San Benito de Palermo en la Basílica San Francisco de Lima

San Benito de Palermo, (también conocido como San Benito o Benedicto el Africano, el Moro o el Negro), monje y santo siciliano nacido en 1524, se cree cerca de Mesina en San Filadelfio, por lo que a veces se le llama San Benito de San Filadelfio, y fallecido en 1589 en Palermo. 
De origen africano y piel negra, fue hijo de esclavos. Se cree que sus padres podían trabajar en una plantación cercana a Mesina donde habían sido traídos como esclavos de África. Recibió la libertad de sus amos tras su nacimiento y en sus primeros años se ganó la vida como pastor.
Cuando contaba más de veinte años conoció a un grupo de ermitaños que seguían la Regla de san Francisco a los que se unió atraído por las ideas del santo. En 1564 el grupo se disolvió y Benito ingresó en el convento de Santa María de Palermo. Su analfabetismo le relegó a la cocina del convento. Desde la cocina su piedad, su humildad y los milagros que se le atribuyeron, sobre todo curaciones, le dieron gran fama, lo que le llevó a ser elegido prior en 1578. Después fue maestro de novicios, para después volver a ser cocinero, donde sus platos le daban fama de taumaturgo. Su fiesta se celebra el 4 de abril. 
Canonización 
Benito fue beatificado por el Papa Benedicto XIV en 1712 y canonizado en 1807 por el Papa Pio VII. También se dice que su cuerpo fue encontrado incorrupto cuando fue exhumado pocos años después. Santo patrón de los Afroamericanos, Benito es recordado por su paciencia y entendimiento cuando se enfrentaba a prejuicios raciales. Existen al menos cinco parroquias católicas negras que llevan su nombre en Estados Unidos, una en Queens, Nueva York, una en Chicago, Illinois, una en Pittsburgh, en el norte Omaha, Nebraska, una en el sur Columbus, Georgia, y otro en Savannah, Georgia.. 
En Medellín (Colombia) existe una parroquia dedicada a este santo franciscano y que le da nombre a un tradicional barrio de la Ciudad. 
En Paysandú, Uruguay, la Basílica es también dedicada a Nuestra Señora del Rosario y San Benito de Palermo Parroquia de Nuestra Señora del Rosario y San Benito de Palermo 
Para el año 2015 en Barrio Obrero, Ciudad Ojeda Venezuela, el excelentísimo Mons. William Delgado Obispo de la diócesis de cabimas proclama como parroquia a lo que fuere iglesia San José como PARROQUIA SAN BENITO DE PALERMO a cargo del presbítero Martín González (roñoquero) este es el santo copa trono del estado Zulia y el más fervoroso de la costa Oriental del Lago. Las fechas de celebridad son 27 de diciembre 01 de enero y 3 de Marzo 
Es el Santo patrón de la población de mucuchies y Timotes, pueblos del páramo en el estado Mérida, Venezuela, donde se realizan celebraciones en su nombre el 29 de diciembre. 
De igual Manera, la Arquidiócesis de Maracaibo en su Zona Pastoral número 8, existe la Parroquia Purísima Madre de Dios Y San Benito de Palermo, en la que se le rinde culto a este religioso, ubicada en la parroquia civil del Bajo del Municipio San Francisco (Zulia) 
Devoción 
También en cabimas lo celebran, los 27 de Diciembre y 6 de Enero . 
Culto a San Benito de Palermo 
La devoción a San Benito está extendida a lo largo de América Latina, desde México hasta Argentina, en especial en Venezuela, donde su devoción se extiende a lo largo de los varios estados del país y es celebrado en muchas fechas distintas, de acuerdo con tradiciones locales. Como por ejemplo en el sur del lago de Maracaibo o Costa Oriental del Lago se celebra el 27 de diciembre (al igual que Palmarito, Santa María, San José y San Antonio), el 1ero de enero en Bobures y el 6 del mismo mes en Gibraltar, entre otros. 
En Colombia existe un municipio del Departamento de Santander que lleva su nombre y del cual este santo es patrono.​ 
Su nombre también figura en el Calendario de Santos Luterano. 
San Benito de Palermo nunca ingería alcohol, como muchos lo piensan. Por eso es que se venera este santo en Venezuela, especialmente en las zonas altas de los estados andinos como Mérida, Trujillo, Táchira; de una manera muy distinta a las zonas bajas. En el Perú, en la ciudad de Lima, en la Iglesia de San Francisco de Asís, situada en el centro histórico, los días 4 de cada mes se celebra una misa en su honor y recorre en procesión la iglesia. también en la catedral de Ayacucho – Huamanga.
San Benito de Palermo, ruega por nosotros! 

jueves, 29 de marzo de 2018

SEMANA SANTA: LA VISITA A LAS 7 IGLESIAS


Una de las costumbres asociadas a la celebración del Jueves Santo es la tradicional visita a las siete iglesias o siete templos, que se puede realizar entre la noche de Jueves Santo y la mañana de Viernes Santo. 
Su finalidad, como tal, es agradecer a Jesucristo el don la de eucaristía y el sacerdocio, que instituyó aquella noche.
Por Semana Santa el día jueves debemos tener claro el sentido de cada uno de los 7 recorridos:
 1. Primera iglesia
En la primera iglesia se recuerda el recorrido de Jesús desde el Cenáculo, en donde celebra la Última Cena con sus discípulos, hasta el huerto de Getsemaní en donde ora y suda sangre.
2. Segunda iglesia
En la segunda se medita sobre el paso desde el huerto de Getsemaní hasta la casa de Anás en donde fue interrogado por este y en donde recibe una bofetada.
3. Tercera iglesia
En la tercera iglesia la oración se centra en el paso hasta la casa de Caifás en donde fue escupido y en donde recibe injurias y sufre dolores toda la noche.
4. Cuarta iglesia
El centro de la reflexión en la cuarta iglesia es la primera comparecencia de Jesús ante Pilatos, el gobernador romano de la región. Allí Jesús fue acusado por los judíos que levantaron falsos testimonios contra él.
5. Quinta iglesia
En la quinta iglesia se acompaña al Señor en su comparecencia ante el rey Herodes, en donde él y sus guardias también lo injurian.
6. Sexta iglesia
La meditación en la sexta iglesia se centra en la segunda comparecencia ante Pilatos. En esta oportunidad Jesús es coronado con espinas y es condenado a muerte.
7. Séptima iglesia
En la séptima iglesia recordamos el paso de la casa de Pilato hasta el monte calvario llevando la cruz a cuestas hasta la muerte en la cruz y su paso el sepulcro, de donde resucita al tercer día.
Esta última meditación se hace de manera especial y más intensa durante la oración del Vía Crucis, el Viernes Santo.
aciprensa/mlna

martes, 20 de marzo de 2018

Domingo 18 de marzo: Ordenación Sacerdotal de Fray Rafael Tito Zárate OFM


El don de la vocación sacerdotal
El 18 de marzo fue un día de gozo para la familia franciscana, Fray Rafael Tito se ordenó como nuevo sacerdote y esto nos llena de alegría porque necesitamos más sacerdotes pues “la mies es abundante” dice el Señor.
Fray Rafael Tito OFM sintío el llamado a temprana edad, 8 años, cuando acompañaba a su mamá a la misa. 
Son nuestros padres quienes preparan nuestra alma para escuchar el llamado del Señor y es un compromiso y deber de los padres enseñar a sus hijos el ABC de la espiritualidad.
Fray Rafael colaboró también en Mensajes Franciscanos en el 2014.
La llamada divina, un gran don de Dios
La vocación es un don divino completamente inmerecido para cualquier persona; y para los padres, que Dios llame a sus hijos supone una caricia muy especial de Dios. Cuando Dios llama a un hijo para que se entregue plenamente a su servicio (en cualquiera de sus formas: en el sacerdocio, en la vida religiosa, en la entrega plena en medio del mundo, etc.), inmediatamente brota en el alma un acto de acción de gracias, pues supone un verdadero privilegio.
"Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos" (Catecismo Iglesia Católica, n. 2233).
Los padres cristianos que han entendido la vocación misionera de la Iglesia se esfuerzan por crear en sus hogares un clima en el que pueda germinar la llamada a una entrega total a Dios.
"La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla con plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores trascendentes, que sirve a los hermanos con alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su participación en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor semillero de vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios" (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 53).
Los padres no sólo deben respetar esa llamada, sino cultivarla y favorecerla, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:
"A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cfr. Mt 16, 25)." (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2232).
Es una tradición cristiana recibir la vocación de un hijo como lo que es: un don gozoso. Tantas veces esa vocación es el fruto de la entrega sin condiciones de sus padres. Así oraba San Agustín hablando sobre su madre, Santa Mónica:
"Tu mano, Dios mío, en el secreto de tu providencia, no abandonaba mi alma. Día y noche, mi madre te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos" (San Agustín, Confesiones, V, 10-13).
Las últimas palabras de Santa Mónica antes de morir sintetizan admirablemente la tarea esencial de unos padres cristianos:
"Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo. Deseaba verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces" (San Agustín, Confesiones, IX, 26).
El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas, aunque no necesariamente. Se sirve, muchas veces, de un afán bueno: del afán de mies de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares adonde ellos habían soñado llegar. Será un motivo particular de gozo para esos padres ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa.
Gracias a esa respuesta generosa —de los padres y de los hijos— se hace realidad la nueva evangelización: la Iglesia está presente en nuevos países, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores, como el florecimiento de seminarios diocesanos, etc.
Muchos padres de familia se quejan de tantos males como aquejan al mundo: de la falta de recursos morales en la sociedad; de la falta de personas que puedan regenerar determinados ambientes; de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes; etc. La solución a esas faltas está, en gran medida, en la mano de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana; por sembrar en su alma ideales de santidad; por ensanchar su corazón con las obras de misericordia, creando en torno a sí un ambiente de sobriedad y de trabajo. Las grandes crisis son crisis de santos: faltan padres e hijos santos.
Dios tiene sus tiempos, que no siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que si no prenden en la primera juventud, se pierden para siempre. Es algo que sucede en el noviazgo, en la entrega a Dios y en muchos otros ámbitos. Hay proyectos que sólo pueden emprenderse en la juventud. Es en la juventud cuando surgen los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de cambiar el mundo, de mejorarlo. Por esa razón, cuando una persona joven se plantea grandes ideales de santidad y de apostolado, las familias cristianas lo reciben con un orgullo santo.
Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia cristiana se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.
Dios llama por caminos muy diversos, no siempre los previstos por los padres
"Queridos jóvenes, quisiera deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles (...) Hay —lo sabéis bien— una gran necesidad de vocaciones (...) de laicos comprometidos que sigan más de cerca de Jesús (...) La Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes, y si el fruto de esta oración de la Iglesia llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: Sígueme. No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera" (Juan Pablo II, Cochabamba, Bolivia, 11.V.1988).
Cuando se conoce la llamada de Dios, se conoce el sentido de la propia existencia. Con la llamada, se descubren los planes que Dios tiene para cada uno: para los hijos y para los padres. La felicidad, de los padres y de los hijos, depende del cumplimiento de los planes de Dios, que nunca encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz.
Dios no se deja ganar en generosidad
Dios premia a los que le siguen —de nuevo, tanto a los padres como a los hijos— con el ciento por uno en esta vida y, después, con la vida eterna. Sólo en el Cielo podrán ver los padres los frutos que, a través de sus hijos, producirán en tantas almas a lo largo de los siglos su oración y su siembra generosa. Por otra parte, no le damos nada a Dios, que nos lo ha dado todo.
Una persona fiel a su vocación es instrumento en sus manos para la salvación de miles de almas (y se deberá, en mayor o menor medida, a esa generosidad previa de sus padres): personas de todo tipo a las que habrá ayudado a formarse, a ser mejores; familias en las que habrá más paz y más alegría gracias, en buena parte, a su celo apostólico; etc. Aunque lo más importante no es eso que se ve, sino, sobre todo, que esa persona ha correspondido al querer de Dios.
El noventa por ciento
Es natural que los hijos sean un tema constante en la oración de los padres. Desde la primitiva cristiandad, los padres sueñan con que sus hijos respondan generosamente al querer de Dios.
Aunque los padres cristianos deseen que no haya nada en su hogar que separe a sus hijos de Dios, no siempre lo logran plenamente, porque sus hijos, además de ser hijos de sus padres, son también hijos de su tiempo, de su formación escolar, de su ambiente cultural, de su entorno de amistades, etc.; y sobre todo, son hijos de su propia libertad. Por eso hay padres que sufren la cruz —como Santa Mónica durante tantos años— de ver como sus hijos, a los que han procurado educar cristianamente, están lejos de Dios.
Hay estilos de vida que facilitan el encuentro de los hijos con Dios, y otros que lo dificultan. Es lógico que los padres cristianos procuren que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y pongan los medios para que su familia sea una escuela de virtudes donde sus hijos —uno a uno— puedan tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, de forma adecuada a su edad.
Por eso san Josemaría decía que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, porque una respuesta generosa germina habitualmente sólo en un ambiente de libertad y de virtud.
Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros padres se lamentan de que sus hijos ya mayores se resisten a dejar el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad.
Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso es siempre una muestra de madurez.
Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, etc. Se comprende que los padres cristianos deseen, además, que sus hijos aspiren a la santidad y no se queden en la mediocridad espiritual. En ese sentido, desean que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos. 
Recordaba Juan Pablo II:
"Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad" (Juan Pablo II, Nagasaki, Japón, 25.II.1981).
Un orgullo santo
La elección de Dios constituye un motivo de un orgullo santo no sólo para los padres: es también un motivo de alegría para los abuelos, hermanos, tíos, etc., y también para esos matrimonios a los que Dios no concede hijos pero son verdaderos padres espirituales de tantas almas entregadas a Dios.
Con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la entrega generosa de sus hijos. A veces, esa entrega supondrá la entrega de los planes y proyectos personales que los padres habían hecho. No es un simple imprevisto: es parte de su vocación de padres.
Los padres cristianos siguen, al actuar así, el ejemplo de la Virgen y San José. Comentaba el Papa con este motivo la escena del Niño perdido y hallado en el Templo:
"Jesús a los doce años ya da a conocer que ha venido a cumplir la divina Voluntad. María y José le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (...). ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios (...); una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos" (Juan Pablo II, La Paz, Bolivia, 10.V.1988).
Es ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta. A algunos padres les gustaría tener a los hijos continuamente a su lado, hasta que comprenden que esto no es posible. Muchos, buscando su bien, les proporcionan una formación académica que les exige un distanciamiento físico (facilitándoles que estudien en otra ciudad, o que vayan al extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de trabajo, amistad, noviazgo, etc. Y cuando Dios bendice un hogar con la vocación de un hijo, a veces también les pide a los padres una cierta separación.
FUENTE: BLOGCONELPAPA.COM

viernes, 16 de marzo de 2018

Franciscanos renuevan espíritu misionero en la Amazonía

Por tres semanas, 37 misioneros y misioneras participaron en una experiencia misionera en la Amazonía, organizada por la Orden de Hermanos Menores. La experiencia se realizó por sexta oportunidad, siempre en el mes de enero, organizada por la fraternidad misionera del Proyecto Amazonia, que vive en Caballo Cocha – Loreto – Perú, en el Bajo Amazonas peruano. La misión se realizó en San Pablo de Loreto, un pueblo en las orillas del río Amazonas, que nació con la creación de un leprosorio para los enfermos de “lepra”, creado por el gobierno peruano en el año 1926. Los pobladores más antiguos tienen la memoria de muchas historias de dolor, exclusión y olvido. En los últimos años la región ha recibido muchos migrantes, especialmente de la “sierra” peruana (Cordillera de los Andes), que miran la Amazonia como la tierra prometida.
Los misioneros fueron frailes, religiosas, laicos y laicas, procedentes de Argentina, Brasil, Colombia y Perú. La mayor parte de ellos, es la primera vez que vienen a la Amazonía, y muchos proceden de grandes ciudades, como Bogotá, Lima, São Paulo, Rio de Janeiro y Belo Horizonte.
La iniciativa tiene como objetivos: 
1) Ofrecer la posibilidad de una experiencia misionera en la Amazonia; 
2) Anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, el Reino de Dios está cerca; 
3) Animar y fortalecer la vida cristiana de las comunidades; 
4) Despertar y promover nuevos líderes y lideresas en las comunidades. La programación tuvo tres momentos: 
1°) Ambientación climática, convivencia fraterna, estudio de la realidad de la Amazonía, de la Iglesia local y del pueblo; 
2°) Visita misionera a las comunidades ribereñas; 
3°) Compartir, evaluación y confraternización.
En el primer momento los misioneros escucharon el testimonio de un señor de 92 años, Sr. Ildebrando, el enfermo más antiguo del pueblo, ya ciego, con dificultades en caminar, limitaciones para hablar, consecuencias de la enfermedad, pero muy lúcido y con buena memoria. Es la memoria viva de la historia del pueblo y del leprosorio. Los misioneros también conocieron y dialogaron con el presidente de una de las Federaciones de Comunidades Nativas de la región, que hablo de la realidad de los pueblos indígenas, sus problemas y aspiraciones, y el olvido del gobierno peruano con los nativos amazónicos.
Desde el 14 de enero, domingo hasta el sábado 27 de enero, en fraternidades de tres o cuatro personas, los misioneros visitaron 39 comunidades de la parroquia, con un tiempo de dos hasta cinco días en cada comunidad. En compañía de los animadores y como huéspedes en sus casas, compartieron la vida diaria de las comunidades, como la movilidad, la comida, el deporte, el baño en el río, visitas a las chacras; visitaron las familias, realizaron encuentros con la comunidad de estudios bíblicos, formación cristiana, celebraciones, actividades con los niños, re-avivaran la vida comunitaria y motivaron a nuevos animadores.
Los misioneros hicieron una fuerte experiencia de inserción en la realidad ribereña, y se quedaron muy impresionados por la realidad de pobreza, del descuido con el ambiente, con la cantidad de basura, el alcoholismo, la sumisión y el silencio de las mujeres, las enfermedades, las precarias condiciones de higiene, el abandono y la desnutrición de los niños, la presencia de muchos grupos religiosos, la división y el individualismo en las comunidades, el olvido del Estado hacia las comunidades indígenas, el sembrio de la coca.
La realidad eclesial también impresiono a los misioneros: una Iglesia en ruinas, con pocos animadores, comunidades que no tienen su capilla, no tienen material pastoral, no celebran ni se reúnen en los domingos. También identificaron que hay personas que no tienen ninguna vida de Iglesia, pero son personas de fe. Otras se identifican con la Iglesia, pero no tienen actividades religiosas. Es una Iglesia que necesita presencia pastoral.
Los misioneros también hicieron experiencias muy humanas y personales que les tocó profundamente, como fue el testimonio de muchos: “La realidad me ha marcado muchísimo”. “Salgo de aquí más enamorado por la vida”; “esta experiencia rompió mis conceptos”, “salgo de acá con el sentimiento de desapego de las cosas es un don”, Estoy llevando algo muy precioso para mí: el contacto con esta realidad fue maravilloso, hay una mística”. “La experiencia que tuve aquí, fue de busca, de encontrar Dios, y lo encontré”.
“Dios nos ha elegido a cada uno … esta experiencia fue un viaje para cambiar de vida”, “regreso a mi casa repensando muchas cosas, tengo que evaluar mi vida”. Parece que hizo una regresión a otra vida, reviviendo un proceso de humanización”. “Aprendí a ser feliz sin tantas comodidades y llevo una experiencia inolvidable de la Amazonía”. “Me di cuenta que estaba muy poco conectada, con este gran organismo vivo”. “Aprendí mucho con la libertad y la autonomía de los niños, con la sabiduría de los mayores y con la paciencia con el tiempo y de vivir sin reloj”. Llevo la grandeza de la vida, la exuberancia de la naturaleza y la sencillez de la gente”.
“Soy muy agradecida a Dios, por vivir esta experiencia”. “Gracias por que son mis hermanos”.
FUENTE: PAZ Y BIEN.ES